Ni de angas ni de mangas…

DIC, 17, 2017 | 06:00 - Por Antonio Rodríguez Vicéns

Confieso sin rubor, sorprendido lector, que mi falta de interés por los acontecimientos políticos del país, mi ausencia de todas las actividades sociales y culturales y mi ignorancia de la trayectoria vital de nuestros más connotados funcionarios públicos, me ha impedido conocer los insuperables méritos y los inestimables servicios que nos ha brindado Eduardo Mangas. Mis preguntas, abonadas por una ingenua incredulidad, no tienen respuestas: ¿de dónde vino?, ¿quién lo trajo?, ¿cuáles son sus antecedentes?, ¿quién lo aupó, sostuvo y socapó? ¿No fue acaso un afortunado beneficiario del poder?  

Todo lenguaje expresa y refleja una realidad, un entorno y, por tanto, una visión del mundo. Los criterios expuestos por Eduardo Mangas (según él, sacados de contexto) son su verdad: su forma de pensar, de sentir y de actuar, su irrespeto al orden legal y a la voluntad de los ciudadanos (perdieron las elecciones pero ejercen ilegítimamente el poder), su burda prepotencia (las personas al servicio de Rafael Correa son pagadas por “nosotros”) y la grosera intención de manipular y engañar (no cederemos en nada pero pretendemos que “se sientan escuchados”). He leído sus expresiones con indignación.  

Con cinismo y descaro ha afirmado (en privado, por supuesto) que perdieron las elecciones en la primera y la segunda vueltas. Leamos: “Perdimos la primera vuelta y perdimos la segunda vuelta también, eso no fue ganado…” ¿Cómo se podría sacar de contexto esta frase? ¿No es muy clara y decidora? Si no ganaron las elecciones, a pesar de la desigual campaña que impuso el correísmo, ¿cómo están ilegal e ilegítimamente en el poder? ¿Hicieron entonces, aprovechando el control del organismo electoral, un doble fraude? ¿Quiénes lo ordenaron, quiénes lo ejecutaron y quiénes fueron -son- sus beneficiarios?

Las revelaciones de Eduardo Mangas me han recordado el día de las votaciones. Las expresiones de derrota en las caras de los candidatos oficiales, sus auspiciantes y sus corifeos, después de la sorpresiva “caída del sistema”, fueron sustituidas por el entusiasmo, la confianza en el triunfo y una desbordante algarabía. Es obvio entonces que su renuncia -vergonzante confirmación pública de la veracidad de sus afirmaciones- es insuficiente. Es una obligación iniciar una investigación, sin ocultamientos, sobre el proceso electoral. Es un imperativo legal, político y ético que no se debe soslayar.

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