El atuendo salasaka, un valor ancestral

MAY, 13, 2018 | 07:47

Este pueblo es reconocido por sus artesanías, tejidos y porque confecciona toda la ropa que le identifica.

Redacción TUNGURAHUA

Uno de los pueblos de Tungurahua que conserva celosamente sus tradiciones ancestrales es Salasaca. Está ubicado a 14 kilómetros al oriente de Ambato, atravesado por la carretera panamericana que conduce a Baños.  

Su idioma es el runa shimi y pertenecen a la nacionalidad kichwa. Tienen como actividades económicas principales la agricultura, la ganadería y la artesanía, en las cuales se inician desde muy temprana edad. 

Un aspecto característico es su vestimenta tejida a mano en telares de tecnología muy antigua. Muchos de los diseños muestran diversos aspectos de sus vidas; ellos son buenos artesanos, se han especializado en el arte textil andino y han logrado un buen mercado.

Vestimenta del hombre 
En los telares, los varones inician con el urdido y el hilado del poncho. Los primeros telares eran verticales: el tejido caía de arriba hacia abajo y la trama se pasaba en sentido horizontal entre sus hilos.

Kuri Antonio Caisabanda, artesano de Salasaca, indica que todas las prendas eran elaboradas a mano, al igual que los rebozos en color rojo que representaba la sangre del toro y que ya no los utilizan como antes, pero que antiguamente servían para cubrir el cuello de los hombres.

El costo aproximado del poncho es de 500 dólares. Esta es la única prenda que hay que abatanar, es decir pisar, conocida como ‘chaqui mañaqui’ (prestar el pie). En este proceso intervienen unas 10 personas, por lo general familiares que colaboran con su elaboración por alrededor de dos días. Nadie puede entrar en ese momento porque enseguida se daña, revela Mariano Jerez, tejedor del sitio. 

EL DATO
En Salasaka, el 92 % mantiene los tejidos y el idioma madre, que es el kichwa. Mientras que el 90% de los moradores de este pueblo saben hacer sus propias prendas  de vestir y adornos tradicionales. 
Existen costumbres y tradiciones en el pueblo. “Nosotros como padres tenemos que dar el poncho como un recuerdo para nuestros hijos cuando recién se casan”, sostiene Jerez. Asimismo, para la época de finados y de ramos la mayoría de la población está en el proceso de la fabricación del poncho. 

Anteriormente no existían zapatos, ellos andaban descalzos al mantener su contacto con la tierra, luego empezaron a usar zapatos de lona, mientras que su pantalón es hecho con tela blanca. 

Atuendo de las mujeres
Las mujeres de la comunidad se dedican a hilar la lana de borrego que sirve para sus prendas de vestir. Esto lo hacen todos los días a excepción de los domingos, debido a su religión arraigadamente católica. Un poncho conlleva un año de trabajo de hilado. 

Los anacos son hechos a mano al igual que la bayeta o ‘varaimedia’ que se los tejía en el telar, estos son de color  rojo claro y verde. En la actualidad por debajo ocupan blusas, en menor cantidad existían camisas que la hacían con lana de borrego y la utilizan solo para las fiestas, manifiesta Caisabanda.

Hoy en día se confeccionan blusas bordadas a mano o a máquina que combinen con el color de la bayeta, las manufacturadas son más caras y los tupos están simbolizados por animales. 

En cambio, en las fiestas del Inti Raymi lo representan con un sol al igual que ocupan tres fachalinas rojo verde y blanco, mientras que la bayeta morada utilizan para luto, según dice Mónica Jerez, comerciante de la parroquia. 

La faja del anaco es un telar de cintura con diferentes diseños que conllevan símbolos de los caminos o los ríos y de animales como las serpientes o llamingos originarios del pueblo. El fajín, que es hecho a mano, es el más caro debido al tiempo que demora su fabricación. 

Los collares originales eran realizados en coral, más conocidos como ‘mellocos’. Su costo sobrepasa los 1.000 dólares, ahora ya no existe este material  y traen del extranjero a 160 dólares; sin embargo, los de coral son exclusivamente para las fiestas, testifica Jerez. 

Las alpargatas son hechas en cuero y faja que es tejida a mano con un costo de 55 dólares. (EO)

Historia
°  Alejandro Masaquisa era un personaje reconocido de la comunidad y que se dedicaba a la elaboración textil. Fabricaba el atuendo para diferentes actividades festivas al igual que los sombreros, todo lo realizaba en un telar que era hecho por ellos mismos, afirma Franklin Caballero, director del museo Salasaca.  

Tanto para los varones como para las mujeres los sombreros eran parte primordial de su vestimenta. Originalmente usaban sombrero blanco elaborado en lana de borrego, pero al ser muy pesado empezaron a usar sombreros más livianos de color verde o negro, además, solo los casados lo ocupan.

Otro de los motivos es porque este personaje que los elaboraba ya murió y nadie más sabe cómo hacerlo, más bien lo conservan como una reliquia y no quieren perder su ropa original, sino mantenerla siempre, comenta José Masaquiza, adulto mayor del pueblo.  

Pigmentación natural 
°  Los pobladores de Salasaka obtienen los colores para sus atuendos de plantas propias de la zona como la ‘quillosisa’ o flor amarilla, el pumamaqui y la cochinilla de los cactus que los recolectan del cerro Quinllihurco. Estos le dan una pigmentación natural a sus prendas, pero se están extinguiendo, es por eso que hoy en día utilizan más las anilinas, aunque en pocas cantidades, explica Franklin Caballero, director del museo Salasaka.  

El maíz también es un elemento primordial debido a que existían diferentes variedades de colores en los granos, estos servían para sus vestidos. La mazorca negra se usaba para darle el color morado a la bayeta de las mujeres y el color de los borregos negros era para el anaco. 

Los tonos en sus prendas son una representación del arcoíris, según su cosmovisión.

Identidad 
°  María Caisabanda, estudiante universitaria y originaria de Salasaka, señala que por la escases en su tiempo ya no se dedican a fabricar la ropa, ahora prefieren comprarla o también se han modernizado y ya no la utilizan, incluso dejan de hablar el kichwa en otros sitios por la discriminación.

“No estoy quedando mal ante el mundo, lo que yo vivo y lo que es Salasaka sigue adelante, siempre tengo que mantener la cultura, me gustaría estar en otro país pero con mi poncho”, aduce Caisabanda. 

No obstante, Mónica Jerez dice que no usa la ropa originaria por el frío, por su trabajo en la agricultura, más no porque no la quiera utilizar. “Decidí iniciar en el negocio de la ropa para incentivar a las mujeres y a los hombres que no se pierda nuestra identidad, así también nosotras mismas tejemos y diseñamos las blusas”, concluyó. 
 

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